Habrá agua para todos y para todo?

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Una mujer acarrea agua en Etiopía. ©FAO/IFAD/WFP/MICHAEL TEWELDE

El uso de agua sin restricciones ha crecido dos veces más deprisa que el aumento de la población en el siglo XX

El agua es un recurso particular. No solo porque es imprescindible para nuestra existencia y la de nuestro entorno sino porque al contrario del aire que respiramos o la energía que emite el sol se trata de un recurso finito que se renueva constantemente. El vaso de agua que ha tomado hoy es la misma agua que bebió un dinosaurio hace millones de años.

Es pues un recurso finito pero insustituible. Hay que repartirlo entre todos los que habitamos este planeta, seres humanos –cada vez más numerosos– y nuestro entorno natural, cada vez más deteriorado.

El ser humano utiliza para sí mismo, es decir, para uso doméstico, tan sólo el 11% del consumo total de este limitado recurso. Hay otro 19% que se emplea en la industria y en la generación de energía. El grueso de este preciado líquido, alrededor de un 70%, es consumido por la agricultura (en el más amplio sentido del concepto: incluye ganadería, piscicultura y silvicultura) y en algunos países dicho porcentaje alcanza hasta el 90% del uso total. En esos países –los más pobres– la mitad del agua empleada para la agricultura se pierde por evaporación al regar mientras que la otra mitad aplaca la sed de los campos de cultivo. La agricultura es, al mismo tiempo, causante y víctima de la escasez de agua. Los cultivos de regadío generan el 40% de las cosechas, pero es el sector sobre el que recae el 84% del impacto económico de la sequía.

El uso de agua sin restricciones ha crecido a nivel global a un ritmo vertiginoso: dos veces más deprisa que el aumento de la población en el siglo XX. Y cuando estamos a punto de entrar en la tercera década del siglo XXI, la presión demográfica, el ritmo de desarrollo económico, la urbanización, la contaminación y la pérdida indiscriminada de agua debida a una mala gestión están ejerciendo una presión sin precedentes sobre la principal fuente de vida del planeta. Si a esto le añadimos el fuerte impacto del cambio climático y la transformación de las dietas, –del consumo de cereales y tubérculos hemos pasado al de proteínas animales, que requieren diez veces más agua para su producción– el resultado es que en muchas regiones ya no es posible el suministro de un servicio de agua fiable.

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