¿Qué música le gusta a las bacterias?

¿Altera la música el crecimiento de las bacterias?, ¿puede un concierto de Mozart o las sugerentes voces de Aretha Franklin y Amy Winehouse producir un baby-boom bacteriano?

 

Una profesora de ciencias planteó estas preguntas a un grupo de estudiantes de 3º de la ESO y aunque la primer reacción de una alumna fue: ‘Bacterias, ¡qué asco!’ … todos se sintieron picados por el bichito de la curiosidad y se pusieron a trabajar para dar respuesta a estas enigmáticas cuestiones.

A Rebeca Sánchez le encanta enseñar y quiere contagiar su pasión por las ciencias a sus alumnos. Y eso que cuando decidió impulsar este proyecto necesitó que le ‘prestaran’ un centro educativo, dado que estaba en uno de los tantos intervalos de espera de la próxima sustitución en la bolsa  de docentes.  Mientras tanto, consideró que el curso Cómo motivar a los estudiantes mediante actividades científicas atractivas  era una excelente oportunidad para aproximar a chicos y chicas de 3º de la ESO a la vida y obra de las bacterias. Le atraía el tema desde que leyó una noticia sobre cómo las bacterias ‘trabajan’ mejor en una depuradora de Alemania bajo efectos de la música clásica  y una investigación realizada en la NASA sobre el efecto de las vibraciones en bacterias durante vuelos espaciales mostrando algunos resultados sorprendentes como, por ejemplo, el cambio en la resistencia a los antibióticos.

Como punto de partida buscó y halló en youtube un video sobre la noticia del tratamiento de aguas residuales en Alemania. Un colega ayudó realizando la transcripción y finalmente lo presentó a los chicos. No le sorprendió la percepción negativa que tenían de las bacterias, que suelen vincularlas -como la mayoría de la gente- a palabras como ‘suciedad’, ‘enfermedad’, ‘riesgo’, ‘infección’, ‘basura’ y ‘repugnancia’. El pequeño video introductorio les hizo conocer un ‘buen servicio’ de las bacterias, mostrando cómo trabajaban con ahínco en una depuradora transformada en un improvisado concierto de música clásica. Lo hacían tan bien que la empresa podía ahorrar en torno a los diez mil euros anuales gracias a la música. Quizás más de uno soñó con su maleta de bacterias emulando la manera de cultivar patatas de Matt Damon en un próximo viaje a Marte, sólo que al ritmo de raeggeton. Aunque flotaba la duda: ¿o es que acaso las bacterias tienen orejas?

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