La solución israelí a la escasez de agua

La recuperación de aguas residuales, la desalinización del agua del mar junto a la innovación y la educación son las herramientas para convertir un desierto en un vergel

El desierto, reconvertido H2IDEl desierto, reconvertido H2ID / El Nacional

Son las 10 y la temperatura ya supera los 46°. El calor del suelo traspasa la suela de los zapatos. El sol es abrazador, no parecen suficiente los gorros, los protectores con factor ultra violeta ni el agua que se consume, de a litros. Así padece la inclemencia de este clima un visitante en el desierto de Neguev, en Israel. Sin embargo, el paisaje no es lo que uno imagina. No hay arena ni camellos. Por el contrario hay mucho verde: sandías maduras para compartir; granadas, la fruta de moda en Rusia; papas; especias y unos frondosos almendros.

De la mano de la tecnología y la innovación las cooperativas de granjeros que hoy viven en el desierto pueden sembrar y cosechar frutas y verduras que se exportan a Europa y Asia. No sacaron el agua de las piedras, la obtuvieron de las aguas residuales. Se trata de aguas que se utilizan en la cocina, baños, ducha, plantas industriales y comercios. Inmensas tuberías de más de dos metros de diámetro recolectan las aguas residuales de las ciudades de todo el país y las conectan con distintas plantas de tratamiento. Las de Tel Aviv y el área metropolitana, que juntas suman más de 120 kilómetros, recolectan los residuos de unos 2,5 millones de personas, desembocan en la planta de tratamiento más grande de Medio Oriente, Shafdan.

Es que el agua es uno de los problemas centrales que Israel debe resolver diariamente. Shafdan fue construida en 1987, pero se sumaron otras que permiten proveer a los agricultores. Casi el 60% del líquido que se usa en el país está destinado a la actividad.

La falta de agua, el problema a resolver


Pero no sólo la falta de agua aparece en el medio del desierto. Hace poco más de 10 años una fuerte sequía golpeó la zona y provocó un déficit de 2.000 millones de metros cúbicos en tres años. Según la Autoridad del Agua, una agencia que funciona autárquicamente, se financia con la tarifa del agua y es responsable de la ingeniería sanitaria, la demanda de agua potable anual llega a los 1.200 millones de metros cúbicos y se estima que para 2020 llegue a los 1.700 millones y en 2050 a los 2.450 millones de metros cúbicos.

“Cada año se deciden qué obras son necesarias. Se tienen en cuenta los escenarios de cambio climático y se invierte en la sensorización de las tuberías. Es necesario que detectemos las pérdidas de agua para poder repararlas rápidamente”, indica Oded Fixler, director general de la Autoridad de Agua israelí. Según los datos oficiales, la pérdida de agua en la distribución alcanza el 5%, en el área metropolitana de Buenos Aires la cifra es cercana al 25 por ciento y en muchos otros países alcanza hasta el 40 por ciento.

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