Ríos llenos y pueblos sin agua

Por absurdo e inconcebible que pueda parecer, es lo que está sucediendo en estos momentos en varias zonas de la provincia de León, donde los ríos bajan repletos debido a las abundantes lluvias y nevadas de este invierno, pero el agua no se puede derivar del cauce principal, como se ha venido haciendo desde tiempos inmemoriales y, por lo tanto, no se puede aprovechar ni utilizar para nada. Es exactamente lo que está ocurriendo en la vega del Tuerto, aguas abajo de Astorga, donde el río lleva este año un importante caudal del que, por sinrazones que nadie comprende, no se permite derivar ni una sola gota para los cauces secundarios que discurren paralelos al río y que, por la pendiente natural del terreno, —esto hay que significarlo— vuelven a verter sus aguas al mismo río pocos kilómetros más abajo.

78873073Cauces como La Zague o Zaya, (piensen en la etimología del término los que dicen que es sólo un moderno canal de riego), «zaguinas», acequias, regueros y «molderas», que —desde siempre—han recorrido la vega, creando una amplia y fecunda red acuática y un ecosistema excepcionalmente rico, donde en los inviernos se asentaban aves migratorias, anátidas, limícolas, etc, además de peces, crustáceos, batracios y una variada fauna invertebrada. Todo ello ahora perdido porque alguien, desde inexplicables intereses o ignorancias, dice que el agua «debe» circular por un único lugar, desconociendo, tal vez, que el potencial de un biotipo acuático se valora por la superficie inundada con aguas someras y no por el caudal unitario que circula por un cauce.

Y mucho más importante que lo anterior, las aguas de estas Zagues y Zayas, algunas de origen árabe y la mayoría documentadas como medievales, siempre han discurrido por la periferia o por el centro de los pueblos de la vega para cubrir, lo que ahora se niega, las necesidades básicas de sus habitantes. Empezando por las elementales de beber personas y ganados, las higiénicas, las agrícolas o las de fuerza motriz para los molinos. Como ha sucedido en toda la historia de la humanidad, desde que dejó de ser nómada y se agrupó en núcleos estables, el hombre ha necesitado del agua, se ha asentado en las riberas de los ríos o ha conducido el agua a sus poblaciones. Negar el agua, e impedir su racional utilización es, entre otras muchas cosas, una involución de la civilización.

¿Por qué han cortado el agua este invierno especialmente húmedo y con el río lleno? ¿Por qué este empecinamiento en no dejar pasar ni una sola gota de agua por donde siempre pasó? Estas son las preguntas que se hace cualquiera que conozca la situación y que hoy por hoy no tienen respuesta.

Todo parece indicar, ya que escritos explícitos al respecto no existen, que la CHD considera ahora que el cauce de La Zague o Zaya, que abastece a varios pueblos de la vega pertenecientes a los ayuntamientos de Valderrey y de Riego de la Vega, ha pasado de ser lo que siempre fue —un elemento vital para los mismos— a ser un mero canal para riegos agrícolas y que, como tal, sólo puede llevar agua en los periodos de riegos coincidentes con los desembalses de Villameca.

Semejante planteamiento, absolutamente arbitrario —a nadie se consultó ni se valoraron las consecuencias— resulta insostenible por cuanto niega la evidencia histórica (más de quince molinos jalonaban su curso) y documentada de los usos del agua en la zona, causa un negativo impacto ambiental y ocasiona importantísimos problemas económicos y sociales.

«¡Ni una gota de agua para estos pueblos!». Esa es, según todos los indicios, la obsesiva misión de quien parece tener o se arroga la potestad para arruinar a familias y a pueblos, amedrentando a la comarca más allá de toda lógica y de todo razonamiento.

No hablamos de épocas de estiajes ni de caudales ecológicos, sino de pleno invierno y el río con abundante agua. Agua, que, sencillamente: ¡hay que dejarla pasar! —no se sabe con qué finalidad y destino—, mientras los habitantes de la vega del Tuerto, en los pueblos de Castrillo de las Piedras, Carral, Barrientos, Riego de la Vega, Toralino, Villarnera, etc. ven, estupefactos, como baja el nivel freático hasta secarse, uno tras otro, los pequeños pozos domésticos; los ganados no tienen donde beber, ni existe la más pequeña superficie de agua para un caso de urgencia, como puede ser un incendio.

A su vez, los ayuntamientos, —además de soportar denuncias (¡por defender lo más fundamental para sus gentes!), hacer escritos de solicitudes y luchar contra un muro de silencio y de incomprensión por parte de uno de los organismos públicos más opacos e incontrolados que existen, como son las confederaciones y comisarías de aguas— han visto como se han secado los antiguos pozos de abastecimiento público, que se recargaban fácilmente por filtraciones desde esos pequeños cursos de agua, y han tenido que sustituirlos por sondeos y perforaciones profundas, realizando cuantiosas inversiones y asumiendo los importantes gastos que suponen los bombeos y el mantenimiento, incluso, en algunos casos, los derivados de los tratamientos químicos por la presencia de elementos indeseables como el arsénico (tema ampliamente difundido en todos los medios); tratamientos, también, mucho más costosos que los habituales de las depuraciones biológicas en aguas procedentes de pozos superficiales.

Dispendios de dineros y recursos públicos (financiados, en ocasiones, gracias al apoyo de la Diputación Provincial, organismo que debería, cuanto antes, tomar cartas en el asunto) absolutamente evitables, que sólo se pueden enmarcar como un despilfarro más creado por las actitudes cerriles de algunos funcionarios y por normativas —si es que existen— absurdas, ilógicas y absolutamente rechazables. Nos encontramos ante un flagrante e ignominioso problema artificial, innecesario y —hay que decirlo— un tanto estúpido, que atenta, no sólo contra derechos fundamentales de los ciudadanos, sino, y sobre todo, contra el sentido común.

Artículo de Opinión de José Miguel López Martínez – Asesor ambiental, para el Diario de León