Conferencia: «El agua que comemos: negocio para unos, hambre para otros y un impacto ambiental creciente». Barcelona, 30 de octubre

La utilización del agua para producir alimentos significa en muchos casos un gran impacto sobre el medio. Para almacenar el agua, se construyen embalses, que alteran el curso de los ríos y sus caudales, y de esta manera se llega a comprometer la preservación de los ecosistemas. Estos días podemos seguir en directo uno de estos debates en nuestra casa cuando se trata de fijar el caudal ecológico del Ebro.

 

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CONFERENCIAS DE LA SECCIÓN DE ENSEÑANZA DE LA SCB

TÍTULO: «El agua que comemos: negocio para unos, hambre para otros y un impacto ambiental creciente»

PONENTE: Narcís Prat. Catedrático de Ecología. Grupo de investigación F.E.M. (Freshwater Ecology and Management) Dept. d’Ecologia, Universitat de Barcelona

FECHA: miércoles 30 de octubre a las 19.00 h

LUGAR: Sala Pere i Joan Coromines, IEC

 

 

Resumen:

Barcelona se considera una de las ciudades del mundo con una buena eficiencia en el uso del agua. Su gasto de agua per cápita es de unos ciento veinte y cinco litros por persona y día, que es una de las más bajas si se tiene en cuenta las ciudades en países desarrollados. Pero, en realidad, gastamos mucha más agua cada día, no como consumo directo sino indirecto, que es el agua utilizada para la producción de los bienes de consumo que usamos cada día, sobre todo los alimentos. Es lo que se conoce como agua virtual. Por ejemplo, para producir una manzana y que ésta llegue a nuestra mesa se necesitan setenta litros de agua (y si viene de Chile, muchos más). Cuando comemos un par de cortes de pollo, se han gastado hasta quinientos ochenta y cinco (585) litros para criarlo y que llegue a nuestra mesa. Una hamburguesa con salsa kétchup comprada en nuestra hamburguesería preferida significa un gasto de dos mil cuatrocientos (2.400) litros de agua, y para construir una motocicleta se gastan hasta cien mil (100.000) litros de agua. Si hacemos la suma promedio de una persona que vive en Catalunya, nos sale que el gasto virtual para todo lo que comemos y la parte proporcional de los bienes que utilizamos es de cerca de seis mil litros (6.000) de agua en un día, o sea unas cuarenta veces el agua que gastamos en nuestras actividades diarias, desde lavarnos la cara hasta poner una lavadora.

La estima para la población mundial es que se consumen como agua virtual, unos once billones de litros (un once con doce ceros) cada día. Teniendo en cuenta que el agua de los ríos que podemos aprovechar es, como mucho, tres veces este valor, esto nos indica la magnitud del agua que utilizamos. Como hoy el comercio es mundial, esto quiere decir que hay agua virtual que entra y sale de cada país. Hay países que exportan agua (por ejemplo, China) y otros que son importadores (por ejemplo, España). Esto genera una actividad económica muy importante, de hasta nueve billones de dólares, de los cuales la mayor parte son para pagar productos industriales (76%) o energéticos (15%), mientras que la agricultura significa el 9% de la actividad económica, y en cambio es el 80 % del agua virtual que intercambia.

La utilización del agua para producir alimentos significa en muchos casos un gran impacto sobre el medio. Para almacenar el agua, se construyen embalses, que alteran el curso de los ríos y sus caudales, y de esta manera se llega a comprometer la preservación de los ecosistemas. Estos días podemos seguir en directo uno de estos debates en nuestra casa cuando se trata de fijar el caudal ecológico del Ebro. En otras partes del mundo tenemos ejemplos dramáticos de ríos que en una gran parte del año (o todo él) ya no llegan al mar, como es el río Ganges.

Como la utilización del agua virtual no tiene en cuenta el recurso sino la rentabilidad económica, en el mundo se producen muchas desigualdades en el acceso al agua. Mientras que unos se mueren de sed (por ejemplo, en la zona del Sahel, en África) o por culpa de la contaminación, otros justo al lado hacen negocio con el agua. En Kenia, millones de personas viven en la ciudad en medio de las aguas sucias que ellos mismos producen, la mayoría eran campesinos que han sido desplazados de sus tierras por multinacionales que cultivan té o cereales para producir biocombustible. Mientras unos se hacen ricos, otros se mueren de hambre. En nuestro país, mientras los agricultores de la Rioja, Navarra, País Vasco, Aragón y Cataluña piden más agua para regar y hacer negocio con las peras, manzanas o la alfalfa, el delta del Ebro reclama más agua para el río. El negocio de unos es la ruina de los demás. Todo ello es más o menos el agua virtual que nosotros gastamos o que exportamos hacia otros países.


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