Los tritones aún son un bioindicador de la calidad del agua

El «pintafontes» sobrevive en los pocos espacios húmedos silvestres de Vigo tras llegar a ser frecuentes.

 

Acabamos de verlos, los primeros de 2017, por lo que ya tenemos la excusa perfecta para presentarles a unos simpáticos vecinos. Se llaman como siempre con su tremendo nombre científico Lissotritón boscai, tritones comunes vaya, pero sobre todo se les conoce como pintafontes, y el nombre tiene su hermosa enjundia. Aparentemente sus colores dorsales, los que solemos ver, no son gran cosa, de hecho a menos que se muevan es prácticamente imposible distinguirlos de los tonos pardos y verdosos de su entorno con el que se mimetizan perfectamente, pero todo tiene diferentes puntos de vista. La parte ventral, la de abajo para entendernos, es una explosión de intenso rojo anaranjado moteado de puntos negros. Son un endemismo ibérico, lo que quiere decir que olvídense de encontrarlos en ninguna otra parte del mundo, pero además su área de distribución peninsular es occidental y a mayores, podemos presumir, Galicia es su lugar preferido. Es pequeñito, unos ocho centímetros como máximo, y como todos sus primos nos recuerdan a una lagartija con la cola achatada como adaptación a la vida acuática. En el Vigo urbano van a menos dramáticamente, aunque por suerte una buena parte de nuestra parte periurbana está sin humanizar (en el mal sentido) y en esos reductos silvestres viven pintando de color las charcas. Y es que este es parte de su encanto. Tras un brevísimo período de hibernación, nuestros vecinos empiezan estos días su actividad anual que, en vista de la rasca de frío que hace, consiste fundamentalmente en entrar en calor dándose alegremente a la coyunda y en eso están, apareándose. Nuestros pintafontiños en proceso de fabricación nacerán en un par de meses, cuando sus progenitores abandonarán su fase acuática para dedicarse a pasear por el mundo terrestre hasta el otoño. Sus crías estarán una temporada respirando en el agua con unas branquias que perderán a mitad de verano y les impulsarán a salir a respirar y a conocer mundo.

Verlo feliz en su charca es todo un espectáculo en sí mismo, pero tiene un valor añadido relevante para nuestra especie. Se trata de un eficaz bioindicador de calidad del agua. En contra de la percepción que nos pudiera transmitir su presencia, bien al contrario si están ahí es porque imprescindiblemente se trata de un lugar con una excelente calidad del agua. Esto funciona en ambos sentidos, miedo nos debería dar que en un río, embalse o charca no se vea un solo bicho viviente.

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