Mujeres Luchadoras del Agua. – La sed de la Tierra

Mhrat Haile es una mujer etíope. Vive con uno de sus hijos, su nuera y dos nietas en Areka, un pequeño pueblo de unos 100 habitantes, a 300 kilómetros de la capital, Addis Abeba. En nuestra retina se ha instalado una Etiopía seca y árida. Y aunque esto es así en algunas zonas, otras son verdes, bañadas por ríos y lagos. Etiopía cuenta además con el Nilo azul, su arteria hídrica, que aporta el 80% del agua y numerosos recursos pesqueros. Sin embargo, en muchas regiones es más fácil comprar un refresco con burbujas que acceder al agua potable. 

Ese el caso de Mhrat Haile. Hasta hace poco, ella y sus nietas debían caminar más de dos horas al día para conseguir agua. Como señala Unicef, es una tarea que suele recaer en las mujeres y en las niñas allí donde el agua es escasa, faltan infraestructuras o está mal distribuida. Los trayectos son largos, a veces inseguros, y no es raro que deban realizarlo varias veces al día, lo que ocasiona a las mujeres y niñas no pocos agravios (imposibilidad de desarrollar actividades productivas, asistir a clase) o incluso riesgos físicos.

Gracias a un proyecto de desarrollo de Intermón-Oxfam, Mhart se ha convertido en responsable del punto de distribución de agua situado al lado de su casa, en Areka. Mhart sabe que es un bien preciado y escaso, y debe cuidar el punto de distribución.

La desigualdad

A pesar de que se han hecho progresos en los últimos años, la situación mundial de acceso al agua sigue siendo dramática, según el último informe de Unicef, publicado en 2012. El 11% de la población de nuestro planeta, unas 783 millones de personas, siguen sin tener acceso al agua potable y miles de millones no disponen de servicios de saneamiento. Más de 3.000 niños mueren todos los días por beber agua contaminada o sin depurar.

La ONU reconoce que las cifras globales ocultan grandes disparidades entre regiones y países, y dentro de los países también hay diferencias si hablamos de mujeres y hombres, o de zonas rurales o urbanas. Ser mujer y vivir en el África subsahariana es una condena a tener problemas para beber o a morir por consumir agua contaminada. Solo el 61% de los subsaharianos tiene acceso a fuentes mejoradas de abastecimiento de agua, en comparación con el 90% o más de América Latina y el Caribe, África del Norte y gran parte de Asia.

“Afrontamos una trágica paradoja, y es que en el planeta azul vivimos una crisis global del agua”, se lamenta Pedro Arrojo, profesor de Análisis Económico la Universidad de Zaragoza y uno de los expertos mundiales en gestión de los recursos del agua. “Aunque, más que un problema de escasez –afirma– lo que tenemos es un problema de calidad y de mala gestión del recurso”. De hecho, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), la escasez aumenta vertiginosamente, así como la salinización, la contaminación de las aguas subterráneas y la degradación de las masas de agua y los ecosistemas relacionados con ella. Muchos ríos no llegan a su desembocadura natural y los pantanos están desapareciendo.

“La contaminación tóxica por actividades industriales, petroleras, mineras y agrarias envenena silenciosamente a millones de personas. En particular, la contaminación por cianuros y metales pesados de la minería a cielo abierto en cabeceras fluviales produce impactos demoledores sobre la salud pública de comunidades enteras, a menudo indígenas”, explica Arrojo.

La fiebre del oro

En América Latina, por ejemplo, la mitad de las cuencas fluviales están contaminadas con metales pesados procedentes de la extracción del oro. Una de las causas de este deterioro, según Arrojo, “es que seguimos pensando en los ríos como simples canales de agua, cuando son ecosistemas vivos y de ellos depende buena parte de la población”. Ayer se celebró el Día Mundial del Agua Dulce. De ella dependemos para vivir y es el eje de muchos de los desafíos a los que nos enfrentamos en este siglo: energéticos, ecológicos, alimentarios. Sin embargo, el agua dulce apenas representa el 2,75% de la que existe en el planeta. El resto se concentra en océanos y casquetes polares.

Los expertos calculan que en 2050 la población mundial rondará los 10.000 millones de personas. Garantizar que todos tengamos acceso al agua, un derecho que Naciones Unidas reconoció en 2010, requiere que actuemos desde muchos frentes: científicos, políticos, ecológicos, divulgativos, sociales. Algunas mujeres ya lo están haciendo.

La luchadoras del agua…

Jane Lubchenco. Científica, 65 años ( EE.UU ).

Si nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, debemos agradecer a Jane Lubchenco sus estudios sobre los ecosistemas marinos, porque gracias a ellos sabemos un poco más sobre nosotros mismos. Esta científica ha contribuido a entender el fenómeno biológico de los afloramientos, en los que los nutrientes emergen del fondo marino hacia las aguas superficiales y generan áreas ricas en pesca, un trabajo por el que ha recibido el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento.

En 2009 Barack Obama la eligió como parte de su “dream team” de científicos y la puso al frente de la NOAA (Administración Nacional de la Atmósfera y el Océano), la agencia estatal dedicada al medio ambiente, con más de 4.000 millones de dólares de presupuesto y competencias que van desde los satélites a los fondos marinos. Su nombramiento se interpretó como un signo de la reorientación de las políticas norteamericanas con respecto al cambio climático. Lubchenco ha sido elogiada por la respuesta de la NOAA al derrame de la plataforma petrolífera de BP en el Golfo de México; pero su gestión ha sido muy cuestionada en otros aspectos: excesiva para los “lobbies” (que la han machacado en el Congreso por haber reducido los límites de pesca); pero también por los ecologistas, que han considerado insuficientes sus iniciativas. El pasado 27 de febrero dejó el puesto por decisión propia, y fue sustituida por otra mujer, la exastronauta Kathryn Sullivan.

Alexandra Cousteau. Científica y divulgadora, 36 años (Francia).

Nieta del legendario ocenanógrafo y divulgador Jacques-Yves Cousteau, el océano y la aventura han sido para Alexandra su particular jardín de infancia. A los cuatro meses de edad acompañó en una expedición a su padre, Philippe Cousteau. A los tres años ya había recorrido con su progenitor buena parte de África. Y con siete aprendió a bucear de la mano de su abuelo y a navegar en el mítico Calypso. Una experiencia que le ha permitido comprobar in situ cómo se han ido degradando los océanos.

“Para las personas que llevamos décadas haciendo submarinismo, es increíble la diferencia que hay entre el estado de conservación que tenían algunas zonas y el que presentan ahora. Factores como la contaminación o la pesca irresponsable han destruido en el lapso de una vida humana ecosistemas maravillosos que a veces tenían cientos de años de antigüedad”, se lamenta. Nacida en California en 1976, Alexandra se ha convertido ya en una de las divulgadoras más influyentes del mundo marino. Ha sido distinguida como exploradora emergente por la revista National Geographic y en 2008 fundó El Legado Azul, una fundación con la que pretende acercar la exploración y los océanos al gran público. Es consejera de la ONG ambiental Oceana desde el pasado año y próximamente se sumará a un equipo de submarinistas para documentar los fondos marinos de la isla de Cabrera (Baleares).

Nuria Hernández-Mora. Economista e investigadora (España).

Esta experta mundial en gestión del agua, es economista y ha trabajado como consultora para instituciones como el Banco Mundial. Además, es presidenta de la Fundación Nueva Cultura del Agua, una organización con expertos de toda la Península Ibérica que ha conseguido en poco tiempo impulsar los movimientos sociales que contribuyeron a lograr que se retirara el controvertido Plan Hidrológico Nacional.

Desde la Fundación, Hernández-Mora hace de puente entre la comunidad científica, las administraciones públicas y los movimientos sociales; y junto a sus colaboradores trabaja para recuperar los ecosistemas acuáticos (fuentes, ríos, riberas, lagos, humedales…), a veces incluso enfrentándose a lo que ella llama “la comunidad política del agua” compuesta por “intereses hidroeléctricos, regantes y las grandes empresas de obra pública”. Según Nuria, “ya no hay de dónde obtener más agua, nuestros ríos y acuíferos están explotados al límite de su capacidad. Tenemos que cambiar el modelo, y restaurar los ecosistemas acuáticos”.

Maude Barlow. Analista política y activista, 65 años (Canada).

Con su libro ‘Oro azul’ (Ed. Paidós) dio las claves de la catástrofe que se avecina: “El mundo se está quedando sin agua dulce. La humanidad contamina, malgasta y agota la fuente de la vida a un ritmo alarmante –decía Maude Barlow–. Cada día que pasa, se agranda más la brecha entre nuestras exigencias y las cantidades concretas de que realmente disponemos y, como consecuencia, son más los miles de personas que están en situación de riesgo”.

Su denuncia fue llevada al cine en documental (multipremiado) y plantea con crudeza la posibilidad de que en el futuro las guerras no se libren por el petróleo, sino por el agua. De hecho, la canadiense explica en su libro que, a día de hoy, gigantes corporativos, inversores privados y gobiernos corruptos ya están compitiendo por el control de nuestros suministros de agua fresca. Y es que, aunque parezca increíble, hasta 2010 la ONU no reconoció el acceso al agua potable y al saneamiento como un derecho universal. Que se lograra esta resolución tan básica se debe al trabajo de miles de personas que durante años han batallado para que así fuera. Y una de ellas es, sin duda, la canadiense Maude Barlow, una activista y divulgadora que ha recibido numerosos galardones, entre otros el Right Livelihood Award 2005 (considerado como el Nobel Alternativo) y el Premio Canadiense al Medio Ambiente en 2008. Además, es asesora de la ONU y preside el Food & Water Watch.

María Elena Forondo. Socióloga y activista, 44 años (Perú).

Chimbote es una empobrecida ciudad de la costa peruana. La principal industria es la producción de harina de pescado, que se usa sobre todo como alimento para la ganadería y como fertilizante. La harina de pescado genera empleo, pero el problema es que los residuos del proceso industrial han diezmado la costa y son altamente tóxicos. Brotes de cólera o enfermedades cutáneas son algunos de los efectos que ha tenido la producción entre la población.

Fundadora de Natura (y oriunda de Chimbote), Maria Elena Foronda consiguió “doblegar” al poder local mediante la persuasión (el medio ambiente no sólo es bueno sino que también es rentable), la presión social y la participación en el Consejo Nacional del Ambiente (CONAM) de Perú. Desde ahí ha conseguido que se aprueben normas que establezcan límites máximos para las industrias productoras de harina de pescado. Gracias a su tenacidad, la salud de la población donde se ubican las industrias de la harina ha mejorado, una labor por la que recibió el prestigioso Premio Ambiental Goldman en 2003.

Mujer Hoy