La paradoja del agua en Iberoamérica

Las intensas lluvias en Colombia de los últimos días, que han provocado el desbordamiento de varios ríos y han dejado en la localidad de Mocoa más de 250 víctimas mortales, no dejan de ser una paradoja si pensamos en otros lugares de la región en los que el agua es un bien escaso, e incluso privado.

 

Según datos publicados por el Banco Mundial, Iberoamérica es la región con más fuentes naturales del planeta, con alrededor del 31% de los recursos de agua potable del mundo. Sin embargo, el territorio iberoamericano alberga más de 36 millones de personas cuyo día a día se desarrolla sin acceso a ella, en especial debido a la crisis que está provocando el cambio climático.

El calentamiento global –que ha dejado a la Cordillera Blanca de Perú o a la Cordillera Real de Bolivia sin un tercio de su superficie glaciar, por ejemplo–, también ha llevado al desarrollo de fenómenos climáticos que han asolado diversas zonas de Iberoamérica a su paso, como es el caso de El Niño o El Niño costero.

Son fenómenos que están relacionados con el calentamiento del océano Pacífico en la parte oriental ecuatorial, lo cual afecta de lleno a la zona costera del Pacífico en América del Sur. Este proceso, relacionado con el cambio climático, se caracteriza por provocar una primera fase cálida en la que las aguas pacíficas, debido a inestabilidades en la presión atmosférica, provoca posteriormente fuertes lluvias y tormentas y, por ende, desbordamientos de ríos.

Así, parece contradictorio pensar que frente a las graves inundaciones sufridas en los últimos días en Colombia y Perú, o frente a las sucedidas desde el año 2009 en los países sudamericanos como Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia o Ecuador, en la misma región nos encontramos con que una de las ciudades más grandes de América del Sur, Sao Paolo, vive la sequía más extrema de sus últimos 80 años.

Incluso, en este mismo país, encontramos los dos extremos: Brasil es uno de los países más afectados por la escasez de agua, pero en sus tierras se evacuaron en 2016 a unas 6.500 personas, 534 familias según Defensa Civil, debido al desbordamiento de ríos del sur por las lluvias.

SEQUÍAS

Tal y como define el Banco Mundial a la sequía, es “el miembro silencioso de la familia de los fenómenos naturales”, lo que hace parecer que “los huracanes y terremotos son los parientes extrovertidos que reciben la mayor atención, pero de manera canalla, la sequía causa tantas o más pérdidas de vida y bienes materiales que ningún otro peligro físico”, según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Desde hace años el pueblo rural de Pacheco –en el noroeste de Brasil–, ha visto como su población disminuía notablemente por la falta de agua, lo cual ha perjudicado cultivos y ganaderías, así como al día a día de su población. De la misma manera, el municipio de Pesqueira, en el costero estado de Pernambuco, carece de agua corriente y ésta tiene que ser transportada con camiones cisterna hasta el lugar.

La falta de agua ha dejado a su paso imágenes de deshidratación en animales, tierras y seres humanos. La sed está cada día más presente en Brasil, en especial en la zona nordeste del país, territorio que sufre una de las sequías más fuertes de los últimos 50 años.

De la misma manera, Bolivia atraviesa por la peor época de escasez de agua de los últimos 25 años. En este último territorio existen pueblos en los que el agua está racionada o, directamente, no está disponible para sus habitantes. Esto ha provocado la movilización y refugio de cientos de familias bolivianas, como fue el caso tras la desaparición de uno de los lagos más grandes del país, el lago Poopó. Paradójico, de nuevo, que Bolivia sea un país en cuya Constitución se dedica un capítulo –el quinto– al derecho al agua y a los recursos hídricos.

En varios países sudamericanos se ha dado una espectacular bajada de cultivos tradicionales, como la soja y el maíz en Argentina y Brasil, llegando incluso a la necesidad de ser importados desde otros países, como es el caso de las patatas en Bolivia. Este hecho, además, ha provocado el aumento en el precio de los alimentos, favoreciendo el desarrollo de crisis económicas e inflación en la región.

De la misma manera, la muerte de miles de cabezas de ganado en las zonas andinas han dejado, desde hace más de una década, importantísimas pérdidas económicas en pequeños y grandes ganaderos de la región. Así mismo, la falta de agua provocada por el cambio climático ha favorecido la notable disminución de los bosques de la región, que además en muchas ocasiones son talados –en países como Brasil, Colombia, Bolivia, Argentina o Paraguay– en grandes extensiones destinados a la agricultura y la ganadería.

Lo peor es que, el mismo Banco Mundial, asegura que “esta tendencia a un mundo más seco solo va a empeorar”, de ahí la necesidad de llevar a cabo políticas medioambientales a largo plazo, además de las que ya se han hecho necesarias en la región y muchos otros puntos del planeta, las de prevención por la llegada de sequías.

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