La guerra por el agua en África

Maulidi Diwayu tiene una cruzada: denunciar un conflicto olvidado y sin fronteras. Quizá, uno de los que menos titulares vende de todo el continente africano. “Nuestras comunidades están afectadas directamente por el acaparamiento de tierras”, asegura a El Confidencial este activista residente en la región del Delta del Tana, al este de Kenia.

 

8372302da64df8e0492443a69fca96b0Un hombre camina por la región fronteriza de Kenia del Triángulo de Ilemi. Es un turkana, una tribu de pastores nómadas.

 

Maulidi Diwayu tiene una cruzada: denunciar un conflicto olvidado y sin fronteras. Quizá, uno de los que menos titulares vende de todo el continente africano. “Nuestras comunidades están afectadas directamente por el acaparamiento de tierras”, asegura a El Confidencial este activista residente en la región del Delta del Tana, al este de Kenia.

Entre finales de 2012 y principios de 2013, cerca de 118 personas perdieron la vida y 13.000 se vieron obligadas a abandonar sus hogares tras los enfrentamientos tribales en la región. El origen del sangriento conflicto se encuentra en las disputas entre la tribu pokomo (en su mayoría, agricultores) y la etnia orma (pastores seminómadas) por el acceso a la tierra y acuíferos regionales. Todavía continúa.

“En la región se está produciendo una lucha por el control de la propiedad de los recursos y éstas son sus consecuencias”, denuncia Diwayu. Ya en 2009, este activista fue uno de los principales críticos con un proyecto para arrendar parte de las tierras de la región a Qatar. Mediante este plan, el Gobierno de Doha debía subvencionar la construcción de un puerto en la ciudad costera de Lamu, a cambio de recibir 40.000 hectáreas de tierras para cultivo. Finalmente, el contrato fue adjudicado el pasado mes de abril a la asiática China Communications Construction Company.

De igual modo, el incremento en el uso de estas tierras para biocombustibles (la zona es especialmente idónea para el cultivo de caña de azúcar y aceites vegetales como carburantes) camina de forma paralela al precio de los alimentos. En 2011, durante una de las peores sequías que asoló el Cuerno de África en los últimos tiempos, el coste del saco de maíz -por ejemplo- pasó, en el norte de Kenia, de costar 14,4 dólares a 50.

“La violencia entre grupos de pastores y agricultores en la región del Delta del Tana ha sido exacerbada por acaparamientos de tierras promovidos por el Estado por parte de compañías internacionales y locales”, asegura a este periodista Willis Okuku, del Centro de Investigación para el Desarrollo de la Universidad de Bonn (ZEF).

Desde un punto de vista más global, el paralelismo entre ambos movimientos -acaparamiento de tierras y violencia en las comunidades rurales- se muestra evidente. En 2012, un análisis de las inversiones internacionales en más de mil transacciones sugería que, desde 2000, once países (siete de ellos, africanos) concentraron el 70% de las adquisiciones totales de terrenos agrícolas.

El capital extranjero se hace con África

Mientras, las rivalidades entre pastores y agricultores por el acceso a las tierras se multiplicaban. Éstos son los casos de los enfrentamientos en Nigeria entre pastores de la etnia fulani (musulmanes) y los agricultores berom (cristianos). O el conflicto en Sudán del Sur entre los lou nuer y los murle por el control de las cabezas de ganado que, solo en 2011, fecha de la independencia del país africano, dejó más de 4.000 muertos. Por entonces, casualidad o no, el 9% de la superficie total del Estado de nuevo cuño se encontraba ya en manos de empresas de capital extranjero.

En el resto del continente las cifras son igual de flagrantes. Por ejemplo, un reciente informe de la asociación Land Matrix -cuyo objetivo es promover la transparencia y la rendición de cuentas en el sector- documentaba hasta 754 acuerdos que supusieron la apropiación de 56,2 millones de hectáreas, un área equivalente al 4,8% del total del África agrícola, o el territorio de Kenia. Son los hijos de la bosta, de la mierda sin eufemismo. Comunidades rurales ancestrales despojadas de su territorio y cuyo futuro transita bajo un total desamparo.

En este sentido, y volviendo a la región del Delta del Tana, Willis Okuku destaca las adquisiciones realizadas por empresas como Tiomin Kenya (20.000 hectáreas), Tana Athi River Development Authority junto con Mumias sugar (40.000), Mat International (90.000), G4 Industries (50.000), Galole Horticultural Project (5.000) o Bedford fuels (65.000).

“El Gobierno de Kenia es un actor importante en los conflictos pastorales en todas las zonas marginadas de el país (…) De igual modo, la proliferación de armas pequeñas y armas ligeras, por ejemplo, se hace con la complicidad del aparato de seguridad del gobierno que optó por mirar hacia otro lado”, asegura el experto.

De nuevo, el dedo en la llaga. En la actualidad, el progresivo rearme de la población rural del continente comienza a tener una influencia directa en los modos de vida tradicionales, al provocar la total indefensión de aquellas tribus que no pueden permitirse la adquisición de revólveres y fusiles (por ejemplo, el coste de munición en Uganda se incrementó en cerca de un 80% solo entre 2001 y 2004). Con ello, de conflictos entre iguales, se ha pasado a un ‘darwinismo’ de pólvora y metal. Alimentado, sobre todo, por el poder político.

Como destaca el analista Michael Ochieng Odhiambo, la histórica marginación de estas zonas por parte de los gobiernos locales provoca la persistencia de estos enfrentamientos. Para Odhiambo (quien en la última década ha estudiado los conflictos tribales entre los borana, garre o guji, en Etiopía; la violencia en los distritos kenianos de Samburu o Marsabit; así como en la región ugandesa de Napak) la ausencia real de un imperio de la ley alienta la aparición de empresarios locales que promueven el conflicto en función de sus intereses políticos y económicos.

En este sentido, valga una anécdota para demostrar la globalidad del problema y el reverso de la moneda. En 2009, Arabia Saudí recibió su primer cargamento de arroz producido en tierras de Etiopía. Todo ello, a pesar de que el Programa Mundial de Alimentos se veía obligado entonces a alimentar a cinco millones de etíopes.

La reacción no se hizo esperar. En abril de 2012, un grupo armado atacaba las instalaciones de la compañía Saudi Star Development Company en la región etíope de Gambela (propiedad del millonario árabe Mohamed al Amoudi y que se sirve del río Alwero para regar sus plantaciones), dejando cinco personas muertas. Los motivos parecían claros: la comunidad local Anuak había pescado y cultivado en estas riberas durante siglos. Sin embargo, ahora se encuentra sumida en una crisis alimentaria sin precedentes.

“Tenemos que involucrar a las comunidades locales para que trabajen de forma conjunta”, asegura el activista Maulidi Diwayu. “Es la única forma de solucionar los conflictos tribales”, añade. Mientras, ajena a estas palabras, la tierra de los pokomo y orma se pierde entre campos de caña de azúcar. Y con ella, la herencia histórica de todo un continente.

El Confidencial