Etiopía. El infierno de los afar

De repente, una mujer ha surgido de la nada. A 51 gra­­dos centígrados, un poco menos a la sombra, es difícil distinguir entre la realidad y la imaginación, pero la mujer ha ido cobrando forma en la nebulosa de este inmenso desierto, el lugar más profundo y caluroso del planeta, en la región de Afar, al noreste de Etiopía.

 

 

1377797898_161436_1377798077_album_normalEn Afar, las mujeres cargan muchas veces en sus espaldas con bidones de hasta 25 litros de agua. De pronto se vislumbra un pozo y una fuente. En algunos, el agua se cobra./ JUAN CARLOS TOMASI

Un poco más cerca, la distinguiremos mejor, delgada, cubierta hasta la cabeza por un vestido azul marino y un velo oscuro con estampados de cachemir verdes, cargando un niño a sus espaldas. Cuando esté más cerca, tendrá edad: 18 años, asegura. Y luego el nombre: Samala. ¿De dónde viene? Es difícil la pregunta para la mujer afar (el pueblo seminómada que da nombre a la región). Su tribu se desplaza constantemente por este vasto territorio de la woreda (distrito) de Teru, en una de las cinco zonas más remotas de la región. Por eso no hay otro modo de decirlo: surge de la nada. Pero a Samala Hamed le debe de parecer que el fotógrafo y los médicos del centro de desnutrición también surgen de la nada. No importa. Viene a salvar al hijo.

Los afar, algo menos de un millón y medio de personas, caminan por aquí desde hace siglos, sin descanso, después de que el mar se retirase miles de millones de años atrás. Y si los geólogos no se equivocan, este antiguo fondo marino, también una bomba de relojería sísmica y volcánica, volverá a ser cubierto por el océano. Los restos de Lucy, nombre de una canción de los Beatles con la que se bautizó al esqueleto de uno de los primeros homínidos hallado en estas tierras, nos remontan a un tiempo en que esta zona fue un vergel. Se permite, pues, la exageración: aquí empezó todo, y aquí puede que todo termine.

La mayor parte de los que han visitado Afar concluyen que este sería el último lugar donde se hubieran imaginado una vida humana posible. Suelen compararlo al paisaje de la Luna o al de Marte, pero hay un símil aún más recurrente: el infierno.

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El País