Especulación con el agua vs Su valor de uso

Por primera vez desde la Ilustración la idea de ‘progreso’ se plantea como irrealizable a los habitantes humanos de la tierra en prácticamente todas las latitudes. Entre otros, el aspecto de las crecientes dificultades de acceso al agua, resulta paradigma de ello. Hablamos de lo fundamental, ayer, hoy y siempre que haya vida: el agua.

 

d74cf1eb14bf26d0a5cc74e7414124e6_XLCon la especulación con el líquido vital, el capitalismo marca un punto de no retorno. La reinstauración del valor de uso del agua, es parte del inicio de la lucha por una nueva civilización.

 

Por primera vez desde la Ilustración la idea de ‘progreso’, generalizando este como aquel permisivo de vislumbrar el futuro de la siguiente generación como más afortunado del que le precede, se plantea como irrealizable a los habitantes humanos de la tierra en prácticamente todas las latitudes; entre otros, el aspecto de las crecientes dificultades de acceso al fluido vital, resulta paradigma de ello. Hablamos de lo fundamental, ayer, hoy y siempre que haya vida: el agua. Ya se diserta sobre guerras nada lejanas en el tiempo por la sustancia de la cual estamos constituidos.

Un vistazo a otros tiempos arroja luces acerca de la emergencia mundial vivida y por enfrentar y a su vez permite percibir conceptos político-económicos anteriores al capitalismo en la materia; otra organización social ejemplarizada como ideal en la antigüedad: Roma, nos permite cavilar acerca del manejo del líquido esencial.

En el caso del suministro de agua allí hace unos dos milenios los gobernantes del Imperio Romano, al cual occidente considera ideal expresión bélica y organizativa y toma extasiado como lejano pero claro referente, generan una formalidad de instituciones legales en medio de una sociedad esclavista y militarista, en la cual los habitantes (ciudadanos, mujeres, esclavos, extranjeros, etc.), disfrutaban si bien no de derechos como los podríamos entender ahora, si de ciertos mínimos vitales derivados de usos y costumbres, dentro de las cuales se destacan la religión, las relaciones clientelares y alianzas, por entonces esenciales.

Relacionada con aquellos usos y costumbres, el agua, suministrada por las autoridades de la ciudad del Tiber, como era natural, se fue erigiendo en un acontecimiento de poder político indispensable en las relaciones entre gobernantes y gobernados de aquellos tiempos. No siendo para menos, llegó a ser un hecho social diseminado a prácticamente toda la población como elemento cohesionador, de placer, de sensación de progreso, prestigio y civilidad frente a lo estimado por entonces como barbarie.

De hecho los romanos hacia finales del siglo primero de nuestra era, llegaron en cierta manera a considerar el consumo del agua potable como una atribución ‘básica’, si tenemos en cuenta sus notables instrumentos legales de protección[1], la cual pasó de un inicial manejo dominado por la más inescrupulosa rentabilidad mercantil privada en la época republicana[2] (cualquier parecido con la actualidad …), a ser totalmente gestionada por arcas públicas, como beneficio otorgado gratuitamente por el emperador[3]. E incluso a ser expresamente regulada por el mismo afamando derecho, como inalienable asunto de la naturaleza[4].

El líquido vital prodigado en la antigua Roma mediante la construcción, operación y mantenimiento metódico, muy científico para la época, de siete acueductos, llegaba a su máximo esplendor de civilización en la romanísima institución de las termas; era en el aspecto social, guardadas las proporciones, el equivalente de aquel entonces de lo que hoy es la institución contemporánea del entretenimiento pasivo de la televisión, por la sofisticación de la técnica alcanzada para su utilización[5], cobertura de beneficiados, variedad de espectáculos y hasta actividades intelectuales albergadas, llegando a constituir una especie de servicio público más o menos a la manera de lo que hemos conocido en el siglo XX[6]. Las termas constituyeron una sofisticación aglutinante de diversas actividades sociales entorno al agua, nada más y nada menos; fueron un verdadero espacio de relación comunitaria hedonística al alcance de todos los habitantes de Roma (era prácticamente gratuito su ingreso), así como en otras urbes del imperio en muy diversas latitudes donde fueron construidas.

Regresando a esta turbulenta e incierta era del capital, si mencionamos la irracionalidad consustancial al capitalismo se debe hacer referencia al trato que del elemento indispensable para la vida H2O (directamente relacionado con la salud, higiene y agricultura), bajo el amparo torticero de la supremacía creciente del valor de cambio como auto de fe. No existe otro elemento de la naturaleza apreciado de la forma en que los seres biológicos podemos hacerlo, de lo cual científicamente poseemos total conciencia, y no obstante, se haya convertido con absurdo mayúsculo por la fuerzas capitalistas en bien objeto de codicia especulativa de la misma entidad de la instituida en otros objetos como el petróleo, o los diversos metales; el agua constituida como mero objeto de cambio, de especulación.

El agua por mera consubstancialidad con la vida en términos fundamentalmente biopolíticos, posee el valor de uso por excelencia, dadas sus ostensibles implicaciones en la supervivencia de los seres vivos y por ende la humana, en un planeta del que simplemente formamos parte. Su acaparamiento, explotación intensiva, y distribución inequitativa es hoy, como en la época de los romanos, un asunto de capital importancia tanto para sociedades de cierta complejidad o para las sencillas, haciendo peligrar su existencia. Lo cual va de la mano de idénticos latrocinios respecto a la tierra (llamados latifundios), para monocultivos por parte de multinacionales en naciones con abundantes fuentes hídricas, por supuesto en desmedro de los nativos.

Naturalmente todo se inicia por un complejo proceso propagandístico de acondicionamiento social, a través del cual un elemento vital y estimado innegociable es convertido en cosa, objeto de apropiación y plusvalía. En EE.UU. se instaura la desconfianza en las redes de distribución y salubridad del agua misma, hacia los años setenta y una década luego, cuando el proceso de propaganda ya ha avanzado, se le da el toque chic con el auge de las aguas embotelladas[7] y sus insoportables y tóxicos recipientes. Es generado con todo ello la creencia maligna que el agua es un ‘producto de lujo’ por el cual se debe pagar; un proceso en el cual se vende con deterioro ambiental a través del impulso del esnobismo y la suspicacia, la misma agua tomada del grifo con total confianza hace 40 años, gratis.

Marx había percibido aquello de que sin nuestras relaciones sociales se encuentran mediadas por mercancías, los seres humanos terminamos siendo mercancías; pues bien, lo anterior con el capitalismo concentrado de cuatro décadas hacia el presente y su irracionalidad de imposible control, también se extiende no solamente a hombres y mujeres sino a nuestro fundamento biológico, esto es al líquido vital.

Desmontar la utilización del agua como un objeto al cual categorizar de ‘bien’ susceptible de ser estimado en las sociedades contemporáneas constreñidas por capitalismo, como poseedor de valor de cambio, significa la generación de una múltiple lucha en la cual es posible y necesario el triunfo popular, perfilando así posteriores confrontaciones respecto a muchos otros fundamentos de la sociedad como la salud, la educación, la vivienda, recreación, etc. La llamada Guerra del Agua en Cochabamba Bolivia en 2000 lo demuestra así con lujo de detalles.

Como ya se avizora, un verdadero “mundo alternativo sería uno donde generemos valores de uso”. Entonces, nos concentramos en valores de uso y tratamos de disminuir el papel de los valores de cambio[8].

Haciendo primordial el valor de uso sobre el de cambio, en un bien de la naturaleza como el agua y aquellos factores permisivos de su conservación y aumento de su disponibilidad (relacionado con el crecimiento poblacional y demás necesidades), se hace indispensable la elaboración de nuevos o tal vez renovados modos de participación (propiedad) en las cosas de la naturaleza y las provenientes de la vida en comunidad. Por ello “se debe superar la dicotomía de propiedad privada-estatal y obtener un régimen de propiedad común[9]”. Acaso un diverso régimen de autogestión en un bien comunal-universal como el H2O o algo asimilable.

En un enunciado de tales particularidades referido al agua hasta las mismísimas Naciones Unidas, imbuidas del capitalismo de rapiña de la nación que las aposenta, con un lenguaje plagado de eufemismos, han instituido a los seres humanos como meros usuarios del agua, hablado de mercados de la misma[10], asignándole expresamente valor de explotación económica, es decir valor de cambio, con lo cual han hecho suya la ideología de poderosas multinacionales usurpadoras del fluido vital (Bechtel, Suez, Veolia, RWE Thames Water,Bouygues, etc.), respaldadas por nefastos fondos de inversión especulativos especializados; para la ONU el agua significa tan sólo un recurso[11], dejando de lado a miles de millones de seres humanos actualmente sedientos y otros más previstos para el futuro, dentro de los cuales podría incluirse cualquiera de nosotros, pues los daños ambientales consecuenciales al esquema del lucro por el derroche industrial y de extracción de minerales, afectantes del ciclo hídrico, se extienden por doquier y apresuradamente. Hasta donde se ha llegado en aquel organismo mundial bajo la toma de poderes económicos.

La institucionalización del valor de cambio de derechos fundamentales como el al agua, es un acto demencial de pura fe ideológica capitalista. La ideología como autojustificación mítica es muy importante en este sistema. Como decía Benjamín el capitalismo, ciertamente es una religión; una implacable y feroz que no conoce tregua, expiación o redención, reerigiendo en lo político y económico el ‘credo qui absurdum’ de Tertuliano a manera de dogma contemporáneo.

La implantación del agua como patrón de lo intrínsecamente esencial regido por el valor de uso, y su correspondiente uso comunitario-natural, implicaría una nueva serie de contradicciones en cuanto a su administración, no obstante, podría tender hacia un nivel de racionalidad conducente a un acercamiento a la disminución de las aberrantes situaciones inherentes y acentuadas en el capitalismo del desperdicio-carencia, sobreproducción-escasez, desposesión científica de los saberes ancestrales con patentes y monopolios, el absurdo como lógica contable, y sus consecuenciales violencias como imposición de la desposesión y destrucción precipitada del planeta, puestas en nuestras mentes a manera de inevitabilidad. Con aquella lógica aplastante expresada por el Jefe Seatle, el agua puesta en su real situación de esencia vital por fuera de consideraciones mercantilistas, podría conducirnos a un impulso definitivo por cambiar el rumbo hacia la catástrofe lenta e imperceptible vislumbrada razonadamente como destino próximo de la presente civilización.

En el caso del agua, una parte transitoria de un ciclo natural indispensable para la vida está siendo literalmente tomado por asalto rentístico. La apropiación del liquido en esa parte de la fase en la cual beneficia directamente a los seres humanos, es un acto de suprema desposesión colectiva, no dable sino en ciertos momentos de algunas civilizaciones, por cierto, siempre censurados y tenidos como objeto de crítica y demostración irrefutable del carácter belitre del gobierno de ciertos individuos infames. ¡Y vaya momento para ello! La UNESCO vaticina una insuficiencia grave para un tercio de la humanidad del liquido preciado hacia el año 2020[12], es decir a la vuelta de la esquina y esto no por escasez sino por degradación y quiebra de la sostenibilidad del ciclo del agua[13].

Podemos hablar contemporáneamente en cualquier idioma y sapiencia científica o podemos remontarnos a saberes antiquísimos mediante leyendas y aporías, y en uno y otros se confirma el valor absoluto del agua; una simple pero incuestionable ecuación: H2O=vida, otrora Vida=agua. Por tanto la noción de apropiación individual y rentística del líquido por parte de ominosos poderes a cualquier título, contiene el crimen superior, por encima mismo del de la propia guerra.

La racionalidad de tamaña estupidez social y crimen biológico, es planteada como un aspecto del atesoramiento ‘racional’, asunto descrito en los inicios del capitalismo:

“El ‘atesorador racional’ que según Marx personifica al capitalista debe encontrar en los circuitos del capital tanto los medios como el motivo para proseguir una búsqueda sin fin para el engrandecimiento; un proceso tan patentemente sin racionalidad y con tanto peligro de estar expuesto a producir descontento psicológico…”[14]

Justamente mucho de lo estimado pomposamente como crecimiento capitalista expresado en esos aparatosos cuadros atiborrados de números, rectas y curvas de colores, ecuaciones en cadena, etc., consiste justamente en la mercantilización de aspectos de la vida cotidiana que apenas hace unas décadas eran impensables, sin mejorar aspecto alguno de la vida biológica o social de los seres humanos[15]. El caso expuesto del agua resulta su ejemplar representación

El anterior sin sentido es consecuencia del fenómeno de la impotencia al interior del sistema vigente del accionar del uno por ciento más rico, el cual, como ya lo había previsto un científico social como Marx, en medio del torbellino capitalista se encuentra forzado a aceptar los procesos del mercado y demás, viendo justamente su incapacidad de controlarlos[16], a pesar de él mismo a corto o a largo plazo verse gravemente afectado. Es el hechicero que no puede dominar sus conjuros del Manifiesto Comunista.

Una vez llegamos a esta parte de nuestro corto recorrido, es obvio concluir fácilmente que en el terreno de la política en cualquier civilización, y esta por muy sofisticada que se autovalore no es la excepción, quien controla las fuentes hídricas somete a los seres humanos y todo el ambiente cultural alrededor. Los ejemplos históricos al respecto son tan evidentes que nos resultan obviedades. Por consiguiente al interior del mismo absurdo de la cosificación del agua como un objeto más, no sólo es la pura explotación ciega capitalista lo que se obtiene, sino así mismo el dominio de unos pocos seres humanos sobre la abrumadora mayoría con base en la privatización de lo básico, elemental, insustituible, no sólo como primates, como mamíferos, sino como meros seres vivos. El súmmum del control.

Obviamente los interesados ‘empresarios del H2O’ acotarán que el llevar agua hasta hogares y lugares comunales implica un costo que debe ser asumido por los ‘consumidores’, argumento acogido íntegramente por las Naciones Unidas en su toma de partido en favor del capital[17]; ante lo cual es ostensible observar que si la actual civilización con toda su parafernalia tecnológica no puede otorgar el simple beneficio del fluido básico sino onerosamente, entonces se coloca muy por detrás de antiguas sociedades como en el caso citado Roma (uno entre otros), o de tan sólo cualquier sociedad precapitalista donde el agua llegaba a todos con poco esfuerzo. La sola mención de los colosales gastos de la carrera armamentística debe acallar cualquier objeción al respecto.

Esta lucha por el agua no como un derecho, sino como el fundamento posibilitante de los restantes, pues conlleva la vida, le incumbe a cada miembro de nuestra especie; la irracionalidad del capital ha conducido a privar a las mayorías de lo que hace tan sólo una generación era innegable a cualquiera por la mera condición de existir, empero, así mismo a interrumpir en ciclo del líquido vital o a afectarlo gravemente colocándonos en peligro a todos. Particularmente, el valor de cambio en el H2O lo estimula.

Alberto Rojas Andrade

Kaos en la Red