Agua para el “desierto” de Lima

Casi un millón de personas carecen de acceso al agua potable en Lima. El Gobierno intenta aliviar la sequía de los suburbios pobres y lucha contra el cambio climático y el éxodo urbano.

 

 

María todavía recuerda los tiempos en que dependía del turbio negocio con el agua para abastecerse del preciado líquido, en Huaycán, un suburbio de Lima. Hace sólo dos años, llenaba sus vasijas gracias a una pipa que aparecía en días alternos. El agua era cara: 10 soles por metro cúbico (casi tres euros), cuenta María, una tímida madre de familia de poco más de veinte años.

Lima es una de las capitales más secas del mundo. Casi el 40 por ciento de los limeños no tiene acceso ni al agua potable, ni a un sistema decente de desagüe de residuales. Casi un millón depende de esos turbios negocios que menciona María, o de pozos artesanales construidos por ellos mismos. “Los pozos atraen ratas e insectos. Son verdaderos focos de enfermedades”, señala Eduardo Cascón, director de la empresa estatal Servicio de Agua Potable y Alcantarillado (SEDAPAL). Al final, es más caro tratar a estas personas que construir los sistemas de aguas residuales adecuados, insiste Cascón.

¿Agua para todos?

Los habitantes de Huaycán tratan de ahorrar agua.

Huaycán sigue siendo un silvestre collage de chabolas de piedra y barro, prendidas de las áridas laderas de los cerros de las afueras de Lima. Pero algo ha cambiado. Entretanto, cada uno tiene su propia instalación de agua, servida por SEDAPAL, con apoyo finaciero del banco alemán de desarrollo KfW. El metro cúbico de agua cuesta ahora tres soles, explica Cascón. Y hasta la casita de María tiene su propio grifo, desde donde el agua se vierte dentro de la vasija azul en la que friega sus platos.

El programa “Agua para todos” fue aprobado por el gobierno hace cinco años: Cascón aspira a cumplir su meta –proveer de agua potable a todos los limeños– en los próximos tres años. No es una tarea fácil: “Lima está en el desierto. Es una zona con extrema escasez de agua”, aclara el funcionario, que asumió la dirección de SEDAPAL hace un año.

La mejor comparación, afirma Cascón, la ofrece El Cairo, la capital de Egipto. “Allí viven 15 millones de habitantes y la ciudad está en el desierto. Pero El Cairo tiene al Nilo, por el que fluyen 2.840 metros cúbicos de agua por segundo. Lima tiene unos 9 millones de habitantes, pero “en los tiempos de mayor sequía, apenas 10 metros cúbicos de agua por segundo fluyen por nuestro río (el Rímac)”.

“El agua es muy barata”

En Huaycán, en las afueras de Lima, Perú, se juntan las chabolas improvisadas.

Cascón sonríe cansado. Es la lucha diaria con los ministerios, en busca de financiamiento, enfrentado a la corrupción dentro de su propia empresa, dice. A veces, cuando llega a casa tarde en la noche, desearía volver a la facultad de ingeniería que dirigía en una universidad privada antes de asumir al frente de SEDAPAL. Sobre todo cuando ve cuánto del preciado líquido, sencillamente, se desperdicia: “Hay tanta ineficiencia en el consumo de agua”. El consumo promedio ronda en Lima los 240 litros diarios, el doble que en Alemania: “Vivimos en el desierto y gastamos más agua que los alemanes”, lamenta, con un movimiento negativo de la cabeza. El principal motivo: la industria consume en exceso, afirma.

“El agua es demasiado barata, y eso no es correcto”, hace que falte motivación para ahorrar, señala el director de SEDAPAL. La empresa paga 20 y a veces hasta 30 soles por cada metro cúbico de agua que transporta a territorios apartados. Los consumidores, en cambio, solo pagan tres. A Cascón le gustaría subir el precio, pero sabe que es imposible; el agua es un recurso político, dice con sequedad: “una subida de los precios sacaría a la gente a las calles”.

Cambio climático y éxodo urbano

“Nuestras reservas de agua desaparecen, ya no llueve suficiente, las lagunas se secan”.

La presión sobre Cascón y SEDAPAL crece. El cambio climático hace que Lima sea cada vez más seca: “Nuestras reservas de agua desaparecen, ya no llueve suficiente, las lagunas se secan”; el peligro para las personas es enorme, pero la mayoría no es conciente de ello, lamenta el funcionario.

En casa de María, el agua sigue cayendo en la vasija, se desborda y el suelo polvoriento se la traga. “A veces se me olvida pagar la cuenta”, admite mientras mece a su pequeño hijo de tres meses, envuelto en una manta de lana pese al sopor de la tarde. A los tres días, SEDAPAL le corta el suministro. Una vecina se suma con su nieto a la conversación: “Ahí tienes que ir a pedirle a tus vecinas. Compartimos lo poco que tenemos”.

Restablecer el servicio cuesta caro, explica María, casi 100 soles (unos 30 euros). ¿Cómo lo logran? “Tenemos que andar con cuidado”, por ejemplo, encender poco la televisión y las luces cuando los maridos e hijos están trabajando, aclara la vecina, que antes trabajaba como empleada doméstica en las villas de Lima. Pero se las arreglan, aseguran ambas. Al fondo, en una vitrina de la única habitación de la chabola se amontonan descoloridos empaques de jabones y galletas.

Afuera, a lo largo de la vía que lleva al centro de la ciudad, se juntan otras pequeñas chabolas de madera, signo de las llamadas “invasiones” ilegales. Esas familias pobres, llegadas del interior del país en busca de mejor suerte, también reclamarán en breve su acceso al agua potable. Así que la administración sostenible del preciado recurso solo puede ser parte de una estrategia social mayor, para enfrentar, junto al cambio climático, el acelerado crecimiento de la ciudad.

Autor: Naomi Conrad / RML
Editor: Diego Zúñiga

Fuente: DW