El corazón de Doñana, en riesgo por sobreprotección

En el Palacio de Doñana hay un libro de visitas en el que sus huéspedes suelen dejar escritas unas palabras. Las del expresidente del Gobierno Felipe González son muy ilustrativas de lo especial del entorno: «Este lugar y sus circunstancias han sido lo único que eché de menos al salir del Gobierno. Nada salvo Doñana me produjo síndrome de abstinencia».

 

donana08--644x362Un ciervo paseando por la marismas del Parque Nacional de Doñana (Huelva)

 

Como el expresidente, son muchos los que piensan que esta zona es un paraíso. Y lo es. Pero no natural. Pocos ecosistemas deben tanto a la mano del hombre como Doñana, y pocos parecen necesitar tanto de su regreso para recuperar parte de un esplendor hoy amenazado por la sobreprotección. En ese dilema se encuentra la zona más restringida del Parque Nacional, la Reserva Biológia de Doñana que gestiona con celo desde hace casi 50 años el CSIC: dejar que la Naturaleza siga su curso o que el hombre marque una vez más su rumbo. Y es que Doñana no es sino el resultado de la intensa acción del ser humano sobre las marismas, arroyos, lagos y bosques de la cuenca del Guadalquivir a lo largo de siglos.

Desde que en 1267 Alfonso X El sabio se fijase en estos parajes para disfrutar de la caza, Doñana no ha parado de transformarse. La intensa deforestación que sufrieron los bosques de alcornoques, madroños, enebros y sabinas hizo que hasta las dunas cobrasen vida. Pero, a cambio, la plantación de pinos para frenar su avance configuró uno de los parajes más espectaculares de este atípico ecosistema mediterráneo fluvial modelado, sin embargo, por el Atlántico.

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