“El agua que gastamos”. Articulo de Carmen Ferreras

Podría muy bien haberlo titulado el agua que derrochamos, el agua que malgastamos, el agua que tiramos a lo tonto, porque eso es lo que hacemos cada vez que abrimos el grifo. Es una costumbre adquirida y heredada que ciertos «spots» publicitarios se encargan de afearnos con el patrocinio del ministerio del ramo, pero que si quieres arroz, Catalina. Abrimos el grifo y no nos acordamos de cerrarlo. Y mucho menos si lo dice el ministerio, para mensajes sutiles estamos nosotros.

 

Carmen Ferreras

Carmen Ferreras

Creo que las sutilezas están de más ante la realidad. Y la realidad vuelve a hablarnos de desertización, vuelve a decirnos que, a pesar de la lluvia y de la nieve caída, los embalses están bajo mínimos, que de seguir así, peligra el agua para el consumo humano cuando más esa otra que se llevan los campos, tanto los que nos alimentan como los otros que utilizamos en plan deportivo, tan necesarios por cuestiones turísticas. No hay agua. Quienes primero lo padecerán, como siempre, una vez que llegue el estío, serán los habitantes del medio rural. Allá donde las tierras y las gentes no están bendecidas por la cercanía de un embalse o de un río que corra caudaloso, el problema se agudiza y hasta puede tornarse dramático.

Los españoles gastamos dos mil quinientos millones de litros de agua en consumo urbano. O sea, la que bebemos, la que utilizamos para ducharnos y lavar la vajilla, la misma con la que regamos los geranios y las petunias que cuelgan orgullosos del balcón, la que dejamos caer de la cisterna y la que embelesados los hombres dejan correr a lo tonto mientras se afeitan. Nadie abre el grifo con criterio, me refiero a un criterio solidario, por lo menos para con los habitantes de continentes abrasados por el sol, muertos de sed, como los que habitan el África subsahariana y para con nosotros mismos.

Como no tengamos una primavera lluviosa, mucho me temo que en este país de descreídos las rogativas se impongan. A todos nos gusta que el agua corra por la geografía de nuestro cuerpo cuando nos duchamos. Para mí es un rito absolutamente placentero del que disfruto enormemente, pero he aprendido a cerrar el grifo mientras me enjabono. Me da por pensar en esos niños negros de sol y de olvido, con las caras tatuadas de moscas, de mirada profunda y puede que acusadora y una lágrima, solo una, resbalando por las mejillas, muertos de hambre y de sed y, no necesito más. El agua que a mí me sobra a ellos les falta, hasta el punto de que solamente disponen de tres vasos por persona y día: para beber, para cocinar y para asearse.

Por esos niños y por los nuestros de otras latitudes que pueden llegar a padecer los efectos de la escasez de agua en España, merece la pena intentarlo. Que el agua que gastamos a lo tonto sea el agua que, a partir de ahora, ahorremos. Aunque sea por ese principio egoísta que dice: «hoy por ti y mañana por mí». Y es que nuestro mañana está ya demasiado cerca, a la vuelta de la esquina.

Articulo de Carmen Ferreras para LA OPINION El Correo de Zamora

 

 

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