Ecosistemas de España: humedales

Uno de los principales subecosistemas de los grandes ecosistemas de España es sin duda el humedal. Conocemos bajo el nombre de humedales a toda una serie de espacios terrestres cuya superficie queda temporal o permanentemente inundada a lo largo del año por aguas de poca profundidad. Espacios condicionados por el clima propio de cada región, que mantienen siempre un elevado índice de biomasa asociada de suma importancia, cuyo origen y formación no está determinado por un tipo único de causas, por lo que podemos hablar de muchas categorías, distinguiendo principalmente entre aquellos de aguas dulces o salobres.

 

humedales AHumedales / Miguel Llabata

 

La procedencia y composición de sus aguas responde a factores como aportes fluviales, manantiales subterráneos, efecto de las lluvias, subidas del agua del mar o mayor representación en el terreno de elementos como rocas salinas, nitratos, fosfatos, carbonatos… Así, cuando hablamos de humedales podemos referirnos a marismas, deltas, estuarios, salinas, albuferas, lagunas costeras, lagunas de interior, marjales, e incluso pantanos y embalses. Encontraremos este tipo de enclaves, por tanto, con mayor o menor representación, en todos los grandes ecosistemas de España; el mediterráneo costero, mediterráneo continental, atlántico-eurosiberiano, estepario, y hasta en la montaña.

Los humedales han visto drásticamente reducida su extensión debido a la acción del hombre, hasta tal punto que están considerados como los entornos más frágiles en el presente, por lo que gozan de una atención en cuanto a protección y conservación como pocas otras áreas en nuestro país.

Hubo un tiempo en que este tipo de ecosistemas abundaron de manera notable, por ejemplo en el último estadio interglaciar anterior al actual, el Riss-Würm de hace 140/100.000 años. En aquel período temperaturas hasta tres grados superiores a las medias actuales redujeron considerablemente el tamaño de los casquetes polares, favoreciendo un elevado índice de humedad a escala planetaria. Con la llegada del último estadio glaciar, el Würm de hace 100/80.000 años, los humedales sufrieron un gran retroceso en favor de la estepa, hasta que el fin de la glaciación y la llegada del período cálido actual, el Holoceno, permitieron al mar recuperar parte de su antigua extensión en una elevación de las aguas que anegó tramos de costas de hasta 100 kilómetros tierra adentro, volviendo a niveles de mayor humedad ambiental que generaron importantes zonas palustres bien repartidas por el planeta.

De forma natural, buena parte de los humedales tienden a ver reducido su tamaño con el paso del tiempo debido al aporte sedimentario de los ríos, sin embargo, desde la sedentarización humana en poblados permanentes, y tras la aparición de la agricultura, la acción transformadora del hombre ha acelerado los procesos de colmatación a través del drenaje de las aguas estancadas, sobre todo para el provecho de tierras de cultivo, especialmente fértiles en estas áreas, y también como consecuencia del mismo provecho de las aguas de las lagunas para emplearlas de forma masiva al regadío de cultivos, aunque también se han desecado por motivos puramente sanitarios ya que estas zonas palustres fueron vistas siempre como focos de infección de enfermedades como la malaria o el paludismo.

Sin embargo, tras el surgimiento de la nueva visión en favor del medio ambiente, que tomó fuerza desde la década de los sesenta del pasado siglo, se ha avanzado mucho en el terreno de la protección de la naturaleza y los humedales han sido por fin considerados como enclaves excepcionales de alta importancia en cuanto a biodiversidad se refiere, por lo que ya en 1971 se creó la Convención Relativa a los Humedales de Importancia Internacional especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas, o Convenio de Ramsar, cuyo principal objetivo es el de la conservación y el uso racional de los humedales mediante acciones locales, regionales y nacionales y gracias a la cooperación internacional, como contribución al logro de un desarrollo sostenible en todo el planeta, creando para ello la Lista Ramsar de humedales de importancia internacional.

España se encuentra a la cabeza en cuanto a importancia en la actuación de conservación, por cantidad y calidad de humedales. Actualmente contamos con casi setenta espacios incluidos en la Lista Ramsar, siendo sólo superados a nivel mundial por Reino Unido y México. Destacan entre ellos dos parques nacionales, Doñana (la joya natural más preciada de España) y Tablas de Daimiel, así como algunas áreas de enorme relevancia, la mayoría parques naturales, véase la Albufera de Valencia, el Delta del Ebro, Els Aiguamolls de l’Empordà, Santoña, Marismas de Huelva, Lagunas de Villafáfila o Salinas de La Mata y Torrevieja, entre muchísimos otros.

La importancia de estas áreas como núcleos poblacionales de aves, tanto invernantes, estivales, o sedentarias, resulta crucial a escala planetaria. Los principales usos que el hombre ha hecho de estos territorios se concentran sobre todo en la agricultura, la pesca, la caza, la ganadería, provecho de las aguas, y extracción de sal. Entre las mayores amenazas de estos frágiles ecosistemas cabe destacar, además, la presión de la expansión urbanística, especialmente en las áreas costeras de nuestro país.

La vegetación de los humedales es rica y puede variar desde el bosque potencial de ribera, compuesto por álamos, olmos, fresnos y chopos, hasta las pequeñas plantas que soportan las duras condiciones de las salinas o arenales, pero fundamentalmente estos entornos vienen siempre comandados por la presencia del carrizal, auténtico refugio y preciado hogar para las aves, al que se suman la espadaña o enea, la azucena de mar, la correhuela, el barrón, el limonio, el lirio azul o el amarillo, la espartina, el junco, la malva acuática, la mansiega, y el taray, entre los más destacados.

Hablar de la fauna del humedal supone centrarse principalmente en las aves. Decenas de miles de éstas, pertenecientes a cientos de especies, pueden darse cita a lo largo y ancho de los humedales de España en distintas épocas del año. Entre las más comunes encontramos a las anátidas, como ánades reales, patos colorados, patos cuchara, o cercetas comunes, acompañadas por una larga lista de especies como cormoranes, garzas reales, garcillas bueyeras, garcetas, cigüeñuelas, avocetas, fochas, pollas de agua, correlimos, archibebes, agujas, martín pescador, carriceros, fumareles, distintas clases de gaviotas…

Otras, más amenazadas, son menos abundantes o quedan más localizadas, pero aún mantienen buena representación en nuestro país, como la espátula, la grulla común, el morito, la malvasía, la focha cornuda, el calamón, el avetoro, la garcilla cangrejera, la garza imperial, el tarro canelo o la creceta pardilla. Mención aparte merecen los flamencos, que gustan sobre todo de asentarse en las salinas. Entre las rapaces cabe destacar como propias de estos ecosistemas al aguilucho lagunero y la lechuza campestre, y cómo no, en Doñana, al águila imperial ibérica. Algunas de estas aves de se alimentan de la numerosa ictiofauna, que cuenta con endemismos y rarezas a nivel peninsular como el fartet y el samarugo, así como de los abundantísimos reptiles y anfibios que se dan cita en estos enclaves, pero la mayoría encuentra su sustento en los invertebrados, que tienen en los humedales ibéricos su auténtico paraíso.

Aunque los mamíferos parecen hoy una clase minoritaria en los ecosistemas palustres, esto no fue siempre así. Hubo un tiempo en que al mismísimo oso pardo se le podía encontrar en el entorno de Doñana, por ejemplo, durante la Edad Media. De igual forma los lobos fueron frecuentes en los alrededores de este tipo de espacios, donde daban caza a los ciervos, gamos y jabalíes que todavía hoy suelen frecuentarlos. Más atrás en el tiempo podíamos encontrar también tarpanes y uros, sustituidos hoy por caballos y vacas marismeñas, así como búfalos de agua en buena parte de las marismas de Europa. Hoy por hoy, aparte de mustélidos como la nutria y algún roedor como la rata de agua, la especie más destacable es el lince ibérico en Doñana, que sabe aprovechar los espacios contiguos de matorral, donde campa el conejo, y los cercanos bosques de alcornoques, plagados de “pajareras” en las que crían las numerosísimas aves.

Humedales, delicados espacios de increíble belleza y biodiversidad que debemos seguir preservando para el disfrute de las generaciones venideras. Y para ello, nada mejor que recordarlo hoy, dos de febrero, la fecha en que se conmemora la entrada en vigor del Convenio de Ramsar (Irán) de 1975, a través del Día Mundial de los Humedales.

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