Minas y canteras secan seis kilómetros de ríos en Valdeorras

El frenesí minero al que se ha subido la Xunta y que ha activado todas las alarmas, no es nuevo. En Valdeorras llevan medio siglo horadando montañas a las que solo se va a propósito. Más de 30 kilómetros cuadrados de la Serra do Eixo languidecen convertidos en descomunales escombreras de 400 metros altura. Las explotaciones que exprimen las entrañas de los montes para extraer pizarra ocupan una superficie en la que cabría tres veces la ciudad de Vigo. Y la agresión al medio ambiente es tan mayúscula que incluso han desaparecido cauces de ríos. El agua se ha esfumado en tres kilómetros del Valborrás, en dos del San Xil y en medio más del Casaio. No queda ni gota en varios tramos de estos ríos que hace medio siglo surcaban valles salpicados de robles hasta desembocar en el Sil, 19 kilómetros abajo.

 

1374260284_781328_1374260415_noticia_grandeRio Casaio en Carballeda de Valdeorras / NACHO GÓMEZ

El daño es irrecuperable. La vida animal ha desaparecido y los cauces han sido desviados y entubados en conducciones de hormigón y hierro oxidado que serpentean las montañas de escombros. El agua discurre por suelos artificiales tan corroídos que en algún tramo se aprecian los forjados de hierro empleados en la construcción de los tubos artificiales. Un agua de todo menos incolora. Las empresas utilizan los ríos como desagües a los que vierten residuos que los tiñen de gris, azul o naranja. Incluso algunas rocas han mudado su color hasta tal punto que aparentan haber sido rociadas con azufre.

Los últimos dos kilómetros del río San Xil han sido desviados a través de conductos oxidados. El cauce natural está ocupado por una enorme mina a cielo abierto que ha devorado la mitad del monte y el agua discurre entubada artificialmente por un lateral de la explotación. La naturaleza se empeña en seguir su curso y en varias zonas de la excavación se aprecian grandes surgencias y filtraciones. El San Xil reaparece de la nada en los últimos metros del primitivo cauce. Justo al lado, la transmutada confluencia del Valborrás y el San Xil destapa una aleación de aguas grises y ferruginosas que discurren por el Casaio hasta un embalse a 400 metros de la desembocadura en el Sil, donde el agua estancada muda a tonos verdes y azules eléctricos.

Pero el destrozo no parece suficiente y los empresarios reclaman más. Hace un año planteaban al presidente de la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil, Francisco Marín, “desviar más cauces para acoger escombros”. Y según un portavoz, Marín “se mostró receptivo” a la idea. La patronal de los pizarreros gallegos ha declinado realizar declaraciones y derivan cualquier consulta a la confederación, que matiza que “habrá que estudiar caso por caso, valorando la afección medioambiental”. Fuentes del sector aseguran desconocer la existencia de tramos secos y defienden los desvíos porque “cumplen la normativa exigida para depositar escombros junto a las zonas de extracción”. La opacidad que rodea los vertidos es casi tan oscura como la pizarra. Resulta imposible acceder a información actualizada, pero un documento interno de la Confederación del Norte detallaba hace tres lustros cómo 28 pizarreras vertían sin control 450.000 metros cúbicos al año de residuos industriales al Casaio solo en el municipio de Carballeda.

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El País