¿Beberemos la misma agua una y otra vez?

Es la última barrera que queda por superar en el tratamiento de aguas residuales para consumo humano. ¿Podemos imaginar beber algún día el agua que una vez fue orina? ¿O la que circula por las alcantarillas? Por el momento, ningún país de los industrializados considera el inodoro una fuente de agua potable. Pero para los expertos, la creciente demanda del preciado líquido obligará a ser imaginativos y abrirse a esta alternativa.

 

1363895093_265281_1363896013_noticia_normalEs la última barrera que queda por superar en el tratamiento de aguas residuales para consumo humano. ¿Podemos imaginar beber algún día el agua que una vez fue orina? ¿O la que circula por las alcantarillas? Por el momento, ningún país de los industrializados considera el inodoro una fuente de agua potable. Pero para los expertos, la creciente demanda del preciado líquido obligará a ser imaginativos y abrirse a esta alternativa. El consorcio de empresas que han creado Isolux Corsán, la ingeniería Proingesa, la compañía de investigación en nanomateriales Nanoquimia y los organismos Imdea Energía y la Universidad de Córdoba ha arrancado una de las primeras investigaciones en España y en Europa que apunta a lo que ahora parece ciencia ficción.

Este grupo prevé alumbrar el año que viene uno de los primeros sistemas de potabilización de aguas residuales para consumo humano, que por el momento se destinan únicamente al riego o a la limpieza urbana. El proyecto, de un millón de euros de presupuesto, echó a andar en 2011 con el objetivo de tener lista una primera máquina capaz de regenerar unos 100 litros por hora, una capacidad simbólica si se tiene en cuenta que la depuradora de Madrid Sur, en Getafe, la más grande de esta comunidad autónoma, depura entre 1.000 y 1.200 litros cada hora. De conseguir esta primera planta piloto, se trataría de un primer paso hacia el consumo de agua desechada y regenerada infinitas veces.

“Consiste en retirar los iones que el agua lleva disueltos y que no se eliminan en el proceso normal de depuración”, según Carlos Macías, director técnico de Nanoquimia, que aplicará la nanotecnología para dar con el material idóneo que posibilite regenerar el agua residual a una escala que haga rentable una futura planta de tratamiento.

Esos iones son sales disueltas y moléculas orgánicas e inorgánicas que permanecen en el agua tras someterse a una primera depuración. Para retirarlos y lograr potabilizar el líquido, se sumergen electrodos para retener esos iones. A partir de ahí, el éxito del proyecto dependerá de la cantidad de agua que se pueda tratar. La gran baza de los nanomateriales es precisamente que ahorran superficie. Para explicarlo, Macías lo compara con la superficie de una hoja de papel que se plegara muchas veces hasta hacerse muy pequeña. “Se puede hacer un material a escala nanométrica hasta obtener en un volumen muy pequeño mucha superficie y hacer posible una instalación viable a escala normal”.

Por el momento, las compañías que participan en el proyecto no saben qué volumen de agua potable se podrá obtener, pero confían en que las plantas que construiría Proingesa y operaría Isolux Corsán tendrán la misma capacidad que las actuales desaladoras, “y sería mucho más barato, porque el gasto energético para desalar agua de mar es muy elevado”, matizan desde una de las empresas participantes.

Además, dicen, con esta técnica de desionización capacitiva, como se llama en la jerga científica, el propio proceso generaría energía nueva que puede aprovecharse para otros usos. El reto de la investigación será elevar la cantidad que agua recuperable, que por el momento no es tan alta como la que consigue la ósmosis inversa, la tecnología que se emplea para desalar agua de mar, “aunque tecnológicamente ya es posible”.

El proyecto depende ahora no solo de la tecnología, sino de la puesta a punto de las depuradoras de aguas residuales, muchas paradas o funcionando a medio rendimiento. La Comisión Europea mantiene abierta la denuncia a España por el incumplimiento de la directiva que obliga a los países de la UE a depurar correctamente las aguas residuales urbanas y que España infringe desde 1998, cuando debería haberla transpuesto a la legislación nacional. Según Bruselas, al menos 39 localidades de más de 10.000 habitantes vierten sus aguas desechadas en zonas sensibles y no garantizan el correcto tratamiento de las mismas, con riesgo para el medio ambiente y para la salud.

Cinco Días