Agua desperdiciada

A pesar de la escasez hídrica, tiramos a espuertas recursos que podríamos reaprovechar

Toda el agua que bebemos es regenerada. Toda o casi toda. La envasada también. El ciclo natural se ocupa de ello. Los ríos con sus acuíferos y las fuentes se alimentan de agua de lluvia. O sea, de agua evaporada por el Sol. Agua salada marina o agua dulce continental; en todo caso, agua a menudo cargada de contaminantes. Al evaporarla, el Sol deja en el mar o en los lagos las sales y la suciedad. Las nubes son agua destilada. Agua regenerada que precipita, que es capturada y usada por plantas y animales. Agua finalmente residual que será de nuevo e incansablemente regenerada por evaporación solar. Es así desde hace millones de años. Por ello, cada gota de agua que bebemos es agua ya probablemente usada por alguien en algún momento de la historia del planeta.

Es una cuestión relevante. Ignoramos si el agua de la Tierra se formó en nuestro propio planeta o si procede de cometas de hielo con los que colisionó millones de años atrás. No importa. Es la misma desde siempre. La más cristalina fue sucia en algún momento. Esa capacidad para recuperar la pureza es una de las características del agua, justamente. Por eso es tan sorprendente que en el tecnificado mundo actual no seamos capaces de emular el ciclo natural y, así, dejar de tener problemas de disponibilidad hídrica. De hecho, sí somos capaces. Sabemos hacerlo. Lo que no hemos sabido hasta hoy es vencer el obstáculo cultural de plantearnos la regeneración al por mayor y superar prejuicios e intereses creados.

Leer artículo completo el Periódico OPINIÓN